miércoles, 16 de noviembre de 2011

POEMAS DEL MANICOMIO DE MONDRAGÓN, LEOPOLDO MARÍA PANERO

Desde el oscuro jardín, los esperpentos de aquellos que un día fueron hombres aúllan desesperadamente en busca de la rosa podrida de los dementes. Es el destino de los locos; un destino que a veces se entrecruza con el reflejo del escombro en que se han convertido y que desemboca en un mismo lugar para ratas y para hombres: los albañales del alma.
Allí, el poeta es un cadáver más entre los ángeles que hurgan en la basura y cabalgan sobre los restos de una belleza que haría gritar a cualquier dios. Y lo peor de todo es que no existe nadie a quien maldecir, porque nadie sino el azar fue la voluntad que los encerró a todos en la ruina de su existencia.
Sin embargo, sobre la humillación de la muerte, todavía queda algo que puede prolongar eternamente la agonía del cielo, que, evidentemente, haría espantar a las leyes del hombre; se trata del beso del sapo, se trata de los hocicos que se acercan en el suelo rodeados del cadáver de la poesía.
Por eso la poesía de Panero es distinta, porque canta a una rosa que espanta a los ojos del niño. Aunque una y otra, maldita o no, cumplen con el mismo destino: el de la Inmortalidad a través de la palabra. Una inmortalidad que, en el caso de Panero, parece que ha arrojado una última víctima: la conciencia de aquello que fue.

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