Para
entender el impresionismo es importante recordar una fecha importante: nos
remontamos a principios de la década de los setenta del S.XIX. La Comuna de París
toca a su fin y con ello se periclita el sueño ilustrado. Se trata de la
definitiva victoria del mundo capitalista sobre el mundo obrero, cuyas
consecuencias llegan hasta nuestros días. Es el advenimiento palpable de un
nuevo mundo, el burgués. Esto se traduce en pintura en la necesidad de crear un
nuevo mundo. Ya no sirve el mundo clásico de David, ya no sirve la conciencia
social del realismo de Courbet.
Y ya no sirven porque ya no interesa la
historia; al contrario, ahora va a interesar borrar esa historia, borrar el
conflicto de ese gesto del intelecto humano, borrar las huellas de nuestros
pasos. El impresionismo entra en juego en este sentido; será el albor del arte
moderno, pero antes deberá aniquilar los albañales de la memoria. Paradigmático
es, en este sentido, esa pintura de Meissonier donde aparecen las Tullerías
arrasadas en los escombros de elementos arquitectónicos del clasicismo. En un
sutil lenguaje metafórico nos viene a decir que el clasicismo (cómo no pensar
de nuevo en David) ha sido arruinado. Desde luego que Meissonier juega con el
significado anfibológico de esas ruinas: es un mundo el que se ha extinguido,
el del conflicto. Ahora aparece triunfal el Arte, sin aparente tensión
histórica. Es la llegada, por fin, de la paz, del progreso, del trabajo; es la
llegada de la burguesía y del arte que legitima su forma de entender los modelos de Estado. Y es que hemos pasado
de los estertores de la Ilustración a los comienzos del Positivismo: vamos a
llegar a la concepción lineal de la pintura (este sentido lo apunta Greenberg),
de tal manera que el arte moderno, que empieza en estos momentos con el
impresionismo, será el zénit de la pintura. Por eso ya no interesa el resto;
eran unos simples ruedines que no bastaba con dejarlos olvidados en un rincón,
había que demolerlos, reducirlos al escombro.
| Entierro en Ornans, Courbet (1850) |
Además
de este posicionamiento teórico, desde el punto de vista contextual, resulta
pertinente hablar, al referirnos a los orígenes del impresionismo, de la figura
de Monet, quizá el padre de los impresionistas. En primer lugar, porque el
marbete categorizador lo aporta su obra Impresión,
sol naciente.
Pero más allá de esta simple anécdota nos vamos a detener en
cuestionar uno de esos lugares comunes a los que hacíamos mención. Nos estamos
refiriendo a esa imagen del impresionismo como un arte quizá rápido donde el
pintor capta la impresión de un momento, de un instante, de una sensación, de
un pálpito concreto. Este punto de vista tan subjetivo es coherente con lo que
afirmábamos más arriba, y es que este mundo de los impresionistas va a
patrocinar un arte individual, se trata de desconectar los hilos que atan a una
comunidad. Pues bien, esa aparente rapidez es cuestionada cuando nos acercamos
a una obra como La estación de San Luis
donde el pintor trabaja con la cabezonería propia de un orfebre: toca y retoca,
pinta y corrige. Es más, el instante que supone una impresión se torna falso
cuando el jefe de la estación para sin prisa la vida de los trenes para que el
pintor pueda llevar a cabo su trabajo. Una pintura que por un lado recoge la
tradición que van a acabar de desintegrar: el punto de fuga renacentista
conseguido con el enlosado (cómo no pensar en Tiziano) es llevado al techo; por
otro lado recoge un mundo nuevo (el industrial) con una técnica innovadora.
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| Impresión, sol naciente; Claude Monet |
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| La estación de San Luis, Claude Monet |
Monet,
y los impresionistas, se van a fijar en ese mundo burgués. Es más, va a
aparecer un concepto clave como es el concepto del ocio. Vamos a ver retratados
a burgueses haciendo de burgueses. Pero va a ser un retrato ficticio,
torticero, puesto que los pintores van a
ofrecer un mundo, como ya hemos reiterado, sin conflicto. Esto llega a tal
punto que son capaces de incorporar a sus obras unos puestos de la luz. Esta
anécdota, que parece baladí, es un ejemplo de un posicionamiento estético y
político por omisión: mientras Europa se desangraba.
En
esta búsqueda de un arte nuevo, que, insistimos, legitima su propio mundo, va a
ser un hito fundamental una nueva técnica y una nueva concepción de la pintura.
La experiencia de Monet en Argentil con su barca-estudio fue crucial. Esa
experimentación de pintar sin estar asentado en el suelo consiguió una nueva
perspectiva: la ausencia de la misma, porque el pintor va a ser, por decirlo
así, dentro de la propia creación artística. Cézanne, luego haremos una mención
a este nombre crucial, será agua. E insistimos, estamos describiendo. Cuando
Pollock pinte con la tela en el suelo estará llevando a cabo una experiencia
similar.
Esto
que venimos apuntando sucintamente, no lo conseguirá Monet hasta Ninfeas. Antes de Ninfeas, el agua, clave en esta historia sin Historia, el agua es
un simple elemento casi sin vida, opaco, el pintor se queda en la superficie.
En Ninfeas, no. Aquí ya no existe
perspectiva, ni punto de fuga, ni historia (ni narración). Aquí, pintor y
espectador se confunden en una obra de la que incluso parecen formar parte.
Son, al igual que decíamos antes de Cézanne, agua.
Cézanne.
Cézanne es la clave. Para que Monet llegue a Ninfeas necesita de la experiencia previa de Cézanne. De su
continua búsqueda de su propio lenguaje pictórico donde también va a jugar un
papel clave el agua. Vemos en su obra ese lenguaje nuevo donde ya no importa el
volumen, la profundidad, la perspectiva. Lo vemos en sus recurrentes frutas y
flores planas. Lo que quiere decir esto, una vez más, es que se ha aniquilado
la historia de la pintura.
Ya no se va a buscar la tridimensionalidad, ya no va
a existir, por ejemplo, esa lucha (recordemos la ausencia de dialéctica,
también al propio nivel pictórico) entre la pintura y la escultura (recordemos
cómo Tiziano muestra la espalda de Diana tan solo, entre otras cosas, claro,
por enseñar esa tercer dimensión en pintura). Ha muerto la tridimensionalidad,
se ha destruido la visión del pintor y del espectador (quizá quedaron allá, en
los escombros de las Tullerías). Así, a Cézanne le interesa ese juego de
colores y de luces que se reflejan y se multiplican en el agua. El agua no es
el reflejo de Narciso, es su destino.
De
esta forma quedan asentados los pilares del arte moderno, de su concepción y de
su resolución. Aunque desde luego no están fácil nunca la historia, y es algo
muy positivista, muy individualista, muy burgués: romper los lazos que nos
unen. Porque todo esto es cierto, como también es cierto que estos artistas
convivieron en experiencias y en salones con Courbet o con Ingres, por señalar
dos significativos ejemplos. Y es que se trataba de apoderarse de la realidad y
de callar al resto. Se trata, en definitiva, de una auténtica renovación
artística y cultural.


